viernes, 26 de agosto de 2016

BARCELONA Y ALLEN (POR SEPARADO)



Esta última semana de agosto en la que casi no hay películas para ver y la gente todavía no ha vuelto, me he dedicado a viajar por la ciudad. Es algo que me gusta mucho. Lo aprendí de mi madre que siempre decía: “La mejor forma de conocer una ciudad es coger un autobús y llegar al final del trayecto, luego empezar a volver a pie”. Así descubrió Barcelona cuando vinimos a vivir a España. Claro que entonces la ciudad era un poco más pequeña y se podía volver a pie. Ahora cuesta más esa hazaña. El domingo pasado me fui a buscar una de las líneas nuevas que cruzan Barcelona, la H10, que va de Badal en Sants a Badalona. El recorrido dura más de una hora. Yo lo hice en sentido Badalona. Fue muy interesante porque pasa por varias ciudades en la ciudad: la Barcelona popular de Sants, la Barcelona burguesa y comercial del Ensanche, la Barcelona turística de la Sagrada Familia, la Barcelona obrera de la Meridiana y luego, otras ciudades, Sant Adrià, y Badalona. Me lo pasé muy bien en esta excursión urbana. Era muy interesante ver los cambios de arquitectura en los distintos tramos, incluso los cambios de pasajeros. Llegué a Badalona y estuve un rato paseando, no con la intención de volver andando, pero si para conocer una zona urbana que no tenía ni idea como era.
Esto de recorrer la ciudad me viene también de mi pasado como geógrafa urbanista y más recientemente, por el trabajo que hice el año pasado con los localizadores que se publicó en forma de libro y e-book Scouting in Catalonia. Haciendo ese libro descubrí una Catalunya y una Barcelona inesperada, distinta, llena de matices y de posibilidades.

Quizás por eso me  ha indignado tanto leer esta noticia:
Los búnkers del Carmel dejarán de ser un escenario de película. El gobierno de la alcaldesa Ada Colau pretende restringir las grabaciones comerciales en el mirador del Turó de la Rovira a fin de apaciguar su creciente popularidad. La idea del Ayuntamiento es que este lugar únicamente acoja filmaciones que traten principalmente sobre su alto contenido histórico. “Queremos propiciar un uso responsable y sostenido de este lugar –dice Mercedes Vidal, la concejal del distrito de Horta-Guinardó–. Estudiaremos con mucha atención qué rodajes autorizamos. Queremos que las filmaciones que se lleven a cabo en el Turó de Rovira se centren en su historia, que tengan un carácter cultural y una fuerte vinculación con la memoria que representa. Este lugar no se merece ni el olvido ni la sobre ocupación”
Lo que me indigno más fue la prepotencia de frases como ésta: “Que este lugar únicamente acoja filmaciones que traten principalmente sobre su alto contenido histórico; Queremos que las filmaciones que se lleven a cabo en el Turó de Rovira se centren en su historia, que tengan un carácter cultural y una fuerte vinculación con la memoria que representa”, frases que parecen sacadas de un manual de censura del franquismo. ¿Quién es el ayuntamiento para decidir que se puede y no se puede rodar? Sus competencias son, en todo caso, de otro tipo, administrativas, económicas, pero ¿de contenidos? Por favor, ¡hasta ahí podíamos llegar!

(la foto del Turó de la  Rovira es de Jaume Jordana, uno de los localizadores con los que trabajé en el libro)

Por otro lado, me parece una idea bastante tonta pensar que algunas películas (¡ojala fueran más¡) y algunos anuncios, incrementan la afluencia de personas a la zona de las baterías del Carmelo. Es una solemne estupidez que viene a sumarse a las muchas que en materia de cine se cometen en esta ciudad y este país, el grande y el pequeño. Es no entender nada de la relación del espacio con el cine y de la importancia de impulsar Barcelona como lugar de rodaje más allá de los cuatro tópicos de Gaudí, la Sagrada Familia y Las Ramblas. El turismo de masas estúpido y borreguil no se reduce por imponer una censura para los rodajes. El ayuntamiento no entiende que lo que potencia la ciudad, y además le puede dar mucho dinero, es que se den facilidades para rodar en sus calles, en sus espacios y cuanto menos conocidos y alejados del tópico mejor. Una ciudad puede y debe ser un gran escenario donde contar historias. Y una de las mejores cosas que te pueden pasar (en Roma lo he sentido hace nada) es pasear por ella y reconocer un rincón, una fuente, un arco, una puerta, más allá de los mas folclóricos y tópicos  lugares que se identifican como postales.
Barcelona debería replantearse su política de permisos para rodar. Dar más facilidades garantizando la convivencia con los vecinos. Una convivencia que en el caso del Turó de la Rovira no rompen ni los rodajes ni la gente que sube a ver la ciudad desde allí y a disfrutar de una tarde de verano o de invierno (yo vivo al lado y lo sé), Lo que debería hacer el ayuntamiento es prestar un poco más de atención a los vecinos, cuidar un poco más el barrio, y sobre todo dar ejemplo de que el civismo, la solidaridad y el respeto con el entorno y sus gentes son imprescindibles. No empezar prohibiendo cosas.
Si quieren ver el ebook de Scouting in Catalonia, publicado por la Catalunya Film Comission de la Generalitat de Catalunya, por encargo de Carlota Guerrero, este es el enlace





Allen y el beso en la frente

Se ha estrenado la última película de Woody Allen, Café Society. Es de las que me gustan. Dentro de la filmografía de Allen hay una especie de sub apartado nostálgico por los años 30 que suele darle muy buenos resultados. En este caso, la nostalgia es por un Hollywood  dorado y un Nueva York plateado. Dos mundos, dos ciudades, que ya no existen y que son irreconciliables, tanto en el pasado como en el presente. Creo que esta es la película más triste de Woody Allen en mucho tiempo. Está toda ella teñida de desesperanza, y también, y eso es de agradecer, no tiene ningún dramatismo. Pero no hay nada más descorazonador que ese beso en la frente que Bobby le da a su esposa Verónica cuando está pensando en Vonnie. Con los años Allen ha conseguido que sus películas parezcan ríos que fluyen tranquilos, sin cascadas, rápidos o estancamientos. Es eso quizás lo que más me gusta del Allen post Vicki Cristina, por cierto, el tipo de película que nunca se preocupó de averiguar que Barcelona es algo más que Gaudí y las Ramblas.

viernes, 19 de agosto de 2016

ANIMALES/HUMANOS


Animales
Cada mañana leo en un libro de frases de León Tolstoi las que corresponden al día en que estamos. No siempre son interesantes, pero a veces me sorprenden a mí misma. Por ejemplo, una del 15 de agosto:
“Todas las argumentaciones contra el consumo de carne, por convincentes que sean, carecen de significado en relación con el hecho de que los animales poseen el mismo espíritu vital que existe en nosotros. Deberíamos pensar que, al arrebatar la vida a un animal, cometemos algo cercano al suicidio.” (Tolstoi)
Leí esta frase al día siguiente de acabar de ver una serie en Netflix que se llama ZOO. En la serie, los animales han desarrollado una extraña mutación que les permite comunicarse entre diferentes especies, emprendiendo una batalla contra esos depredadores estúpidos que caminan en dos patas, es decir nosotros. Los animales, –leones en África, murciélagos en la Antártida, ratas en una isla, perros y gatos, cebras y camellos–, comprenden que ya no hay una especie superior y deciden imponer su ley. Es una serie muy entretenida, con imágenes impactantes y un guión bien construido que deja con ganas de saber más. De momento solo hay una temporada, espero que pronto estrenen la segunda.
Pero como las coincidencias (la frase de Tolstoi, la serie de Netflix) nunca vienen solas, hubo un tercer hecho sorprendente. Pocos días antes de empezar a ver la serie, leí el primer libro de John Irving, Libertad para los osos. Un libro escrito en 1968, ambientado en Austria, con una reflexión sobre la historia reciente de Europa y con una idea fija: liberar a los animales del Zoo de Viena, hecho al que se entregan  con pasión y un desastroso resultado Siggy y Graff. Novela casi juvenil, extraña, poco ortodoxa y no demasiado políticamente correcta, (no sé si ahora mismo alguien se habría atrevido a publicársela) este libro enlaza directamente con la serie y justifica plenamente la frase del escritor ruso.



Humanos
“Todas las personas comparten el mismo origen, están sujetas a la misma ley y fueron creadas para el mismo propósito”. (G Mazzini) Esta otra frase del mismo libro de Tolstoi me sirve también para hablar de Human, el documental de creación antropológica de Yann Arthus-Bertrand que se ha estrenado en salas en su versión extendida después de recorrer la red en diversas versiones. Human quiere ser un retrato colectivo de la humanidad, esa que los animales quieren destruir porque les parecemos estúpidos y depredadores. A través de entrevistas directas filmadas en plano corto y fondo negro, el film repasa los grandes temas que preocupan a la humanidad: la guerra, el hambre, la explotación, el maltrato, la felicidad, el amor, la libertad, la muerte, la represión, la emigración… Entre grupo y grupo de entrevistas el film nos regala imágenes aéreas de la Tierra en toda su belleza, demostrando que nuestro planeta tiene una capacidad estética inabarcable desde la cercanía del suelo. Todo muy bonito, todo muy interesante, todo muy tópico. La verdad es que este film se disfruta más en pequeñas dosis que visto todo junto. Si ves las dos horas y veinte minutos que dura acabas por darte cuenta de que cae en muchos tics. Por ejemplo: casi todas las personas entrevistadas son de eso que hace un tiempo se llamaba el Tercer Mundo, Asia, África, Latinoamérica. Hay algunos norteamericanos (no muchos) y unos pocos europeos. Pero el grueso son rostros surgidos de lo que no es la cultura occidental. Y ese es el otro problema que le veo a este interesante trabajo. Como si fuera un debate electoral cualquiera, los temas que le preocupan son la economía y la sociedad. La Cultura no existe. Echo de menos algunas reflexiones sobre el arte, la música, la literatura y su valor como elemento definidor de la humanidad.  A no ser, claro, que consideremos que el arte aparece en las preciosas imágenes de paisajes de desiertos, tundras nevadas, montañas gigantescas, ríos turbulentos, núcleos urbanos, costas marinas, zonas industriales y selvas salvajes que puntean las entrevistas.
En todo caso, Human es un film que vale la pena ver. Sobre todo cuando se estrene, espero que pronto, en plataformas on line.



Ajedrez
He de confesar que me gusta más el dibujo de Ramon que la película de Edward Zwick, El caso Fisher. Pero eso no significa que no piense que tiene interés. No entiendo nada de ajedrez, de pequeña jugaba un poco a lo tonto, sé mover las fichas y me gusta la idea del juego de los castillos, o juego de tronos, que encierra la lucha de los blancos con los negros;  con su rey, su reina, sus torres, sus caballos, sus peones y sus alfiles, llamados bishops, obispos, en inglés. Pero no voy más allá.

Por eso la película me gustó o me interesó no por el trasfondo del juego y su reto a la inteligencia, sino como  retrato de una obsesión. El que esté basado en personajes reales, Fisher y el ruso Boris Spassky, no la convierte en un biopic sobre el campeón del mundo. En realidad la historia se centra en el crucial año 1972 cuando se produjo la llamada partida del siglo, el juego número 6 del enfrentamiento entre el ruso y el americano que convirtió a Fisher en campeón del mundo. Antes de esa partida, hemos visto como un niño superdotado para el ajedrez se convertía en un ser obsesivo, con una hipersensibilidad a los ruidos y la manía de ser espiado por los rusos y los judíos. Después de la partida, no sabremos casi nada de él. Así que lo que cuenta es lo que pasó en Reikiavik ese mes de agosto de 1972, en plena guerra fría y con los dos jugadores utilizados como peones por sus respectivos gobiernos. Si la miramos como un film político, El caso Fisher adquiere una dimensión interesante; si la miramos como un film sobre el ajedrez, seguramente decepcionará a los seguidores de este juego. 

sábado, 13 de agosto de 2016

VERANO DE HORMIGAS


(dibujo del natural, es mio, Ramon lo habría hecho mucho mejor)
Tengo hormigas en la cocina. Supongo que como media humanidad (o la humanidad entera). Tengo hormigas y las detesto. No me importa matarlas. Me cuesta mucho matar animales, incluso arañas. Si me encuentro alguna por casa, intento rescatarla y sacarla al jardín. Pero las hormigas no. Las mato sin piedad y sin remordimientos. No me gustan y me dan miedo. No puedo evitar pensar que algún día, por una extraña mutación, se convertirán en gigantescos monstruos fórmicos. Como los de una película que se solía reponer todos los veranos y que me asustaba muchísimo, Them, La humanidad en peligro, en la que enormes hormigas mutantes a causa de una explosión atómica se dirigían a las ciudades para arrasarlas por completo. Había otra película de hormigas que también se reponía cada verano. Se llamaba Cuando ruge la marabunta y la protagonizaban  Charlton Heston en todo su esplendor y Eleanor Parker en toda su belleza. Aunque lo más importante del film es la marabunta de hormigas negras que avanza como un ejército implacable contra las plantaciones de Heston, yo me acuerdo que había una cosa que siempre me llamaba la atención. Bueno, siempre no. Mientras era pequeña (la veía todos los veranos), me parecía muy raro que ese hombre solitario se negara a amar a esa guapa mujer porque “no era nueva”, y me intrigaba mucho la réplica de ella cuando le decía “un piano afinado y tocado suena mejor que uno nuevo”. Curiosa forma de hablar de la virginidad, cosa que entendí cuando fui adolescente.
Y ya que he empezado a pensar en películas del verano, de esas que se reponían cada año, me acuerdo de más. Las minas del rey Salomón, por ejemplo, con Stanley Granger haciendo de gran cazador y Deborah Kerr de lady inglesa que busca a su marido. También había en esta película un momento que me fascinaba. Cansada de que su pelo largo y rojo sea una molestia en la selva, Lady Curtis decide cortárselo ella misma. El resultado era un coqueto y perfecto corte de pelo rizado que me dejaba perpleja. Cosas del Hollywood dorado. Ahora, le dejarían la cabeza llena de trasquilones, eso sí, muy bien diseñados.
África solía estar muy presente en los cines de verano. Mogambo era una cita ineludible. ¡Qué magnífica película! Con su famoso incesto para evitar el adulterio, pero sobre todo con ese animal lleno de belleza salvaje que era Ava Gardner; Hatari¡ es probablemente la película de aventuras que más me gusta de toda la historia del cine, un canto a la amistad, la solidaridad, el amor la vida libre, el respeto; El último safari, de Henry Hathaway, un director a revisar y del que me encantaría poder ver una retrospectiva completa.
Podría seguir recordando películas del verano. Pero me voy a parar en una que para mi simboliza el verano de cine por excelencia. Siete novias para siete hermanos, de Stanley Donen. No hubo un verano, entre mis doce y mis veinte años, que no la viera. Y aun ahora la reviso de vez en cuando en DVD. Siempre encuentro cosas distintas en esa historia de vaqueros danzarines y damiselas cantarinas. Es un prodigio musical y sus  decorados, esos que a Donen tanto le molestaba porque quería rodar en exteriores y no pudo, se convirtieron con los años en uno de sus mayores atractivos. No lo puedo remediar,  esa película me evoca algunos de los mejores momentos de cine que he pasado en verano. Creo que esta tarde la volveré a ver.
Qué extraño camino he seguido entre las hormigas de mi cocina y las hormigas que no podía haber en ese campo de mentira, hecho de pintura y cartón de Siete novias…  Nunca se por donde acabará saliendo el texto. De momento, aquí está.

De las películas que se han estrenado este viernes hay dos que valen la pena pero que no he visto todavía. El caso Bobby Fisher y Human. De ellas hablaré la semana que viene.


sábado, 6 de agosto de 2016

REGRESO A CASA


(En algún momento de nuestras vidas también tuvimos en casa una edición del Libro Rojo como esta. Por suerte, hace tiempo que la tiramos a la basura)
Hace casi treinta años  (en 1988) descubrimos en Berlín un director nuevo y un cine nuevo. El director era Zhang Yimou, el cine el chino, la película Sorgo rojo. Fue deslumbrante. Hasta entonces, todo lo que sabíamos del cine de la China de Mao era lo que nos llegaba a través de los medios oficiales, perfectamente controlado y enmarcado en el cine de propaganda mas deleznable. Recuerdo un ciclo de Cine de la República Popular China que hicimos en la Filmoteca en enero de 1977. Todas las películas eran musicales exaltaciones del ejército rojo, del Gran Timonel y los jóvenes guardias de la Revolución Cultural que por entonces daba sus últimas boqueadas.
La nueva película de Zhang Yimou, Regreso a casa, me ha recordado esas películas. El ballet donde la pequeña y ambiciosa Dandan quiere interpretar el papel protagonista, me ha hecho pensar en Brillante Estrella Roja, uno de esos títulos chinos de los setenta,  cine de propaganda terrible que sería bueno revisar ahora, casi cuarenta años después.
Regreso a casa parece una continuación no literal de Vivir, el film más duro y crítico de Yimou sobre las consecuencias de la Revolución Cultural que tanto fascinaba a Godard y que dejó China sin intelectuales, profesores y artistas durante más de diez años en los que todos los que tenían algo que ver con la cultura fueron obligados a reeducarse en el campo para olvidar las malvadas influencias occidentales. La Revolución del Libro Rojo es uno de esos crímenes contra la cultura y contra la civilización que ha quedado impune en el mundo. No para Yimou, (1951) ferviente guardia rojo entre 1966 y 1978, años en que abandonó sus estudios para trabajar en una granja “junto al pueblo”. De aquella época de barbarie disfrazada de Libro Rojo, Yimou ya dejó constancia en Vivir y ahora vuelve en Retorno a casa.
Quizás este nuevo trabajo no tenga la carga de denuncia crítica que tenía el anterior. Pero en cambio transmite una intensidad emocional y una sensibilidad muy especial respecto a esas historias pequeñas, anónimas, ingenuas, dulces y tristes que en el fondo, son las que conforman la gran Historia con mayúsculas. El amor de Lu Yanshi, el profesor represaliado que vuelve a casa tras quince años de reeducación, por su amnésica mujer Feng Wanyu, espléndida Gong Li a pesar del envejecimiento de su personaje, es un buen espejo donde ver reflejado el daño que hacen en la vida de la gente común las decisiones políticas que se toman en los palacios de gobierno. Especialmente si quien las toma se considera a sí mismo El Gran Timonel.



Regreso a casa me ha llevado a pensar en Josetxo Moreno. Estaba en Roma cuando Josetxo murió y me he enterado hace pocos días. Quizás  este nombre no les diga nada, pero seguro que muchos lectores y espectadores reconocen la marca GOLEM y la asocian a una de las distribuidoras de cine en versión original más importantes de los últimos treinta años en nuestro país. Josetxo, Otilio y al principio Pedro, eran las tres almas de ese Golem que buscaba las mejores películas para proyectarlas en España. Yo los conocí en Berlín, justamente en ese Berlín de 1988 donde se proyectó Sorgo rojo. En el libro La vuelta al mundo en veinte festivales escribí de esa sesión:
Aún no nos habíamos acostumbrado a que el cine ruso fuera diferente, cuando nos llegó una nueva sorpresa: China, el gigante rojo-amarillo, también se despertaba cinematográficamente hablando. El primer aviso lo dio Zang Yimou con Sorgo rojo. En el momento de su proyección nadie sabía muy bien como traducir Hong Gaoliang, pero sí sabíamos que estábamos ante un fenómeno de grandes dimensiones. Desde entonces, el cine chino no ha parado de ofrecer nuevas y sorprendentes películas con una constante renovación de sus directores. Recuerdo que en el primer pase del film, una fría mañana de febrero, había muy poca gente en la sala del Zoo Palast. Las películas chinas, por lo general, espantaban al personal. Pero en cuanto los que la vimos dimos la señal de atención, las siguientes sesiones de Sorgo rojo se llenaron hasta la bandera. Su éxito se reflejó en el palmarés y Zang Yimou ganó un Oso de Oro.
Uno de los que vio la película conmigo fue Josetxo, de Golem. Le gustó tanto que no dudó ni un segundo en comprarla para su distribuidora. Fue uno de sus grandes éxitos, la película que los puso definitivamente en el mapa de los mejores distribuidores de Europa.
Desde entonces coincidí muchas veces con ellos en los festivales. Josetxo sobre todo tenía una gran curiosidad y no dudaba en preguntarnos a los críticos en quienes confiaba, si habíamos visto alguna película interesante. Cené muchas veces con ellos, hablé mucho de cine. Gracias a ellos  llegaron a nuestras pantallas películas de Guédiguian, Haneke, Lars von Trier, Ang Lee, Kitano, Kore-eda… Saber que Josetxo ha muerto a los 62 años de edad, cuando aún le quedaban tantas y tantas películas por descubrir, me llena de tristeza.  Le vamos a echar mucho de menos. Los amigos y los espectadores.

JASON BOURNE
Lo confieso, soy fan total de la saga Bourne, soy fiel seguidora de ese James Bond de la guerra cibernética, ese espía que intenta no perder de vista el factor humano y hacerlo prevalecer sobre la tecnología que controla, dirige, organiza, manda. Soy fan de las cinco películas, pero sobre todo de las tres que ha dirigido Paul Greengrass. La historia de este espía sin memoria, asesino al servicio de un programa infernal diseñado con muy malas intenciones, es apasionante. Las tres son excelentes, pero en este último episodio, Greengrass alcanza un nivel tan sofisticado de  montaje que convierte a la película en una lección de cine. La primera gran secuencia del film, la que sucede en paralelo entre los enfrentamientos populares en una Atenas herida por la crisis económica, con una muchedumbre que lucha contra la policía casi con las mismas armas que podían tener en el siglo XIX y una gran sala de operaciones la CIA en Langley, Virginia, desde la que se controla toda la situación hasta el último detalle, buscando una aguja en un pajar y encontrándola, es un prodigio de montaje cinematográfico que pone los pelos de punta ideológicamente. La privacidad ha desaparecido del todo. El Gran Hermano, da igual el color de quien lo maneje, nos vigila a todos. Solo nos queda el factor humano. Y esa es la mejor arma de Bourne/Matt Damon que en este caso cuenta con la ayuda de una agente de la CIA, experta en informática de la que nunca sabremos si puede o no puede fiarse, un personaje que interpreta Alicia Vikander de la que no puedo menos que ofrecer eso que en Fotogramas se llama: parecidos razonables.



sábado, 30 de julio de 2016

ROMA


Hemos estado unos días en Roma en casa de unos amigos. Vivir en una ciudad no es lo mismo que visitarla. Se tiene una percepción muy distinta a la que se produce cuando vas de turista. Roma me gusta mucho. Es una ciudad hecha para pasear aunque el suelo, con esas piedras cuadrangulares que se llaman  sampietrini, es un tormento, especialmente si llevas sandalias. ¿Cómo debían andar los romanos? debían tener los pies mucho más curtidos que nosotros, seguro. Roma es una ciudad caótica, desordenada, imprevisible. Pero llena de vida. El sincretismo arquitectónico que reúne en un mismo palazzo ruinas romanas, edificios medievales, ventanas barrocas y una terraza del siglo XX, es uno de sus atractivos, símbolo en piedra de la mezcla de culturas que han llenado sus calles desde hace dos mil años. En cualquier iglesia te puedes encontrar un Caravaggio, en una esquina tropiezas con una columna romana. Hay muchísimos bosques y parques poblados por esos pinos romanos tan característicos y únicos: altos, esbeltos, elegantes, libres. En Roma no hace falta ir a los museos, toda la ciudad es un inmenso museo.


La casa de nuestros amigos está en Trastevere y eso nos ha permitido conocer muy bien ese barrio tan especial. Hemos descubierto jardines nuevos que no conocíamos, como el inmenso parque de Villa Doria Pamphili, donde las familias van a pasar el día con un mantel y una pizza (en España nos llevaríamos la tortilla de patatas);  o el más salvaje de Villa Sciarra, con sus enmarañados caminos cubiertos de una sombra protectora; hemos ido a Bomarzo, el bosque sagrado y fantástico habitado por monstruos en piedra salidos de la imaginación de un príncipe que no se conformó con que un terremoto llenara  sus tierras de enormes bloques; también hemos estado en un precioso museo etrusco, en una villa romana perfectamente conservada y donde se respiraba una gran calma y en un pequeño museo de arte antiguo situado en el Palazzo Altemps en el que se guardan dos tesoros, el Trono Ludovisi, que desprende misterio con esa imagen de renacimiento, y una cabeza de galo muerto impresionante. También hemos estado en Castel Sant Angelo, uno de los lugares más interesantes de la ciudad, prueba arquitectónica del sincretismo cultural.


Hace muchos años que vamos a Roma y nunca habíamos ido a ver los Museos Vaticanos. Nos resistíamos. Hasta ahora. Fue un error, un inmenso error. Es la primera vez (y espero que sea la última) que me he sentido turista maltratado, humillado. La visita a lo que debe ser (estoy segura) uno de los lugares que encierra mas piezas magníficas del arte mundial, fue un anticipo del infierno. Toda la posible religiosidad y espiritualidad de unos museos vaticanos se manifiesta en su horror infernal. Y no exagero. Durante dos horas nos vimos obligados a seguir una marea humana que avanzaba como si fueran ovejas al matadero siguiendo un recorrido marcado, absurdo, en una especia de IKEA Vaticana y del que era imposible escapar. No te podías parar a ver nada porque la marea te empujaba; no te podías apartar porque no había donde; no llegabas a ver nada más que los techos hacia los que se enfocaban todos los móviles, no sé si para retratar artesonados o para cazar pokemones. Nunca he sentido tan cerca la sensación de no ser una persona, la impresión de estar sumergida en una masa informe y absolutamente estúpida que no veía nada pero hacía miles de fotos a lo que fuera. Por fin llegamos a la Capilla Sixtina donde la marea se detenía llenando el espacio como una playa de Salou en agosto. Sin poderte mover mirabas hacia arriba y se supone que veías algo. En realidad solo querías huir de allí cuanto antes. Miguel Ángel no se merece eso. Y la gente tampoco. No sé cómo debía ser una visita a estos museos cuando eran aún visitables. Me imagino que podía ser algo magnífico. Ahora no. Ahora no se puede ver nada.



Al salir tuvimos una interesante discusión entre nosotros. ¿Es elitista pedir que vayan a los museos solo las personas que realmente los puedan disfrutar?  Yo pensaba que no, para mi es mucho más elitista y sobre todo insultante, obligar a la gente a ir a determinados sitios porque hay que ir y si no has ido eres un indeseable. La mayor parte de los turistas masificados que seguían a los guías con un palo, ni se enteraban de nada, ni disfrutaban de nada. Yo creo que el turismo de masas que te obliga a ver la Capilla Sixtina aunque no la veas, hacer una hora de cola para entrar al Panteón, esperar bajo un sol de justicia para entrar a hacerte una foto en la Boca de la Verità, es uno de los efectos más perversos y destructores del progreso. Se supone que la gente no tiene capacidad de decidir por si misma lo que quiere ver y por eso hay que “guiarla”. Y de paso se la maltrata y se la reduce a la condición de ganado, de zombies.
Roma tiene sitios muy interesantes donde no hay nadie. Calles para pasear, un río tranquilo, parques por descubrir que ni por asomo se les ofrecen a la mayoría de los miles y miles de turistas que llegan cada día a la ciudad.  El elitismo no es que me dejen ver la Capilla Sixtina sin nadie; el respeto es que me dejen decidir si quiero ver la Capilla Sixtina o no la quiero ver. El elitismo es no informar de las muchas otras cosas que hay para ver y para disfrutar en una ciudad como Roma.


Al margen de esta reflexión, he comprobado la cantidad de películas que pasan en Roma y que reconoces en cada rincón. Por ejemplo, ir a comer a una típica osteria y descubrir que está en la calle donde se alojan las dos chicas de Una habitación en Roma. O salir de la casa en la que vivíamos y tropezarte con Gianni en cualquier esquina del Trastevere dispuesto a preparar un pranzo de ferrajulio. O pasear por Via Dandolo esperando oír el motorino de Nanni Moretti subiendo hacia el Gianicolo, y deslumbrarte con la Fuente Paola que te transporta al principio magnífico de La Gran Belleza y su panorama inmenso sobre Roma. No son las películas clásicas que esperas encontrar en Roma, como tampoco lo es Sacro Gra, el documental de Gianfranco Rosi que adquiere todo su sentido cuando te metes en ese anillo de Saturno que rodea y encierra la ciudad.
Ya que esta semana aun no puedo hablar de las películas estrenadas, aprovecho para hacer un recorrido “romano” de cine que cada uno puede completar como le parezca.
Caro diario; La gran belleza; Pranzo de ferragosto; Vacaciones en Roma; El vientre del arquitecto; La escapada; Ángeles y demonios; Una jornada particular; A Roma con amor; Nos habíamos querido tanto; Habitación en Roma; Roma ciudad abierta; Mamma Roma; Sacro gra; Bellisima. Y naturalmente todo Fellini.
La semana que viene estrenos.




sábado, 16 de julio de 2016

A DÍA DE HOY


-A día de hoy no tengo muchas ganas de hablar de cine.
-A día de hoy me siento aún conmocionada por lo que sucedió en Niza el jueves pasado. Me siento indefensa, impotente ante la destrucción que puede ejercer la barbarie sin ningún control ni límite; ante la evidencia de de ver como la estupidez es fácil presa de los que buscan hacer el máximo de daño a lo que no entienden.
-A día de hoy siento que no podemos hacer nada en esta guerra desigual donde unos se arrogan el derecho de matar indiscriminadamente a otros.
-A día de hoy siento también vergüenza por estar tan afectada por lo que pasó en Niza, ahí al lado, a gentes como yo y darme cuenta la indiferencia con que tantas veces leo o veo atentados espantosos en Irak, Somalia, Pakistán, Turquía, lugares donde mueren inocentes con los que tengo poca o nula empatía: el eurocentrismo me hace sentirme amenazada, instala el miedo en mi cabeza cuando los muertos son tan cercanos. Pero los muertos son todos iguales y lo que pasa en un atentado en cualquiera de estos países forma parte del mismo miedo y del mismo dolor.
-A día de hoy me preocupa y me horroriza la posibilidad de la respuesta más radical de los populismos que alimentarán el odio al diferente, que levantarán barreras entre las gentes, que fortalecerán los aislamientos.
-A día de hoy me asusta pensar en ese odio anónimo que se ha instalado en la sociedad a través de las redes sociales. Odio al otro en primer lugar, pero también odio estúpido, inmoral, vergonzante. Alegrarse de que un toro haya matado a un torero en una plaza, no es signo de animalismo, sino de animales. La falta de sensibilidad, la falta de sentimientos, alimenta la estupidez y la estupidez lleva a alquilar un camión y matar a 85 personas.
-A día de hoy esa estupidez humana me provoca indignación cuando veo escenas como la del 14 de julio en el Tour de Francia. Una masa de seres enfervorecidos, carne de cañón de la imbecilidad, invadiendo la estrecha carretera del Mont Ventoux provocando un accidente que pudo ser mucho más grave.
-A día de hoy que se acaban los San Fermines, pienso que esta fiesta ha perdido todo su sentido, si alguna vez lo tuvo, y se ha convertido en un espacio donde la barbarie y una vez más la estupidez humana y descerebrada de las masas se apodera de las calles y lleva a las escenas de violencia que hemos visto. Violencia colectiva en la que las todos participan aunque unas acaben siendo las víctimas de los otros. Si reúnes a miles de personas borrachas de vino y de sexo durante días y noches, las consecuencias tienen que ser malas por fuerza.
-A día de hoy me siento desbordada por la manipulación masiva que ha producido el fenómeno Pokemon Go. No tengo nada en contra de los juegos, no tengo nada en contra de las nuevas tecnologías, pero me horroriza la imagen de un ejército de zombies cazando pokemons con el móvil por las calles de la ciudad.
-Y ya para acabar. A día de hoy estoy harta de nuestra clase política, incapaz de superar sus estrechas miras mentales y partidistas, completamente incompetente para sacar este país del inmovilismo y la parálisis. Estoy harta de que estos inútiles no quieran darse cuenta que gobernar es pactar y pactar es renunciar y ofrecer.

Espero que a día de mañana mi rabia y mi frustración se hayan calmado y vea las cosas con un poco mas de optimismo, o de confianza. Mientras tanto y para compensar tanta indignación me detengo un rato en este tranquilo paisaje de Ramon que me reconcilia con el mundo.



2
No quiero acabar esta entrada sin hablar de tres películas interesantes que se estrenan esta semana.
600  millas es la opera prima de Gabriel Ripstein, hijo del gran Arturo, Gabriel lleva el cine en la sangre, en el ADN. Pero eso no quiere decir que haga el mismo cine que su padre. Con un estilo seco, frío, con dos personajes y diálogos que van directos al grano, Ripstein hijo construye un thriller metafísico. Cine de frontera, 600 millas es la prueba de que algunas veces los hijos pueden seguir la carrera de los padres sin necesidad de competir con ellos.

La segunda película es Bruja más que bruja, delirante musical rural que Fernando Fernán Gómez dirigió en 1977 con Emma Cohen y Paco Algora como protagonistas. Que Algora haya muerto hace apenas tres meses y Emma Cohen hace apenas unos días, convierte este inclasificable film en un merecido homenaje a los dos y desde luego a Fernán Gómez, el director más heterodoxo de todo el cine español.

La tercera es La clase de esgrima. Es muy interesante ver que en esta vieja Europa, tan amenazada por bárbaros y populistas, surgen nuevas cinematografías. Estonia, una de las repúblicas ex soviéticas del Báltico, está demostrando que tiene un cine muy vivo. Dos películas recientes son buena prueba de esto: 1944, estrenada hace un par de semanas y esta clase de esgrima basada en una historia real, la del campeón de esgrima Endel Nelis que a principios de los años cincuenta tuvo que exiliarse en un pequeño pueblo huyendo de la temible persecución estalinista. No es una historia muy innovadora, pero si es muy conmovedora. Una historia que habla de  recuperar la dignidad humillada y del orgullo del trabajo bien hecho.




sábado, 9 de julio de 2016

RAREZAS Y NOTICIAS



(un árbol de Ramon que también encierra sueños)

Calificar de rareza una película de Spielberg puede sonar raro, pero es que Mi amigo el gigante es una rareza. Y posiblemente un error. A mi me gusta, (yo soy rara) pero entiendo perfectamente que la película no encaje en ningún sitio. Si pensamos en los niños, es demasiado larga, le falta humor y no tiene ninguno de esos fieles acompañantes tan típicos de Pixar o Disney que hacen que el drama se convierta en comedia. Si pensamos en los adultos, el mensaje que lanza sobre la necesidad de salvar los sueños, de mantener una amistad entre diferentes, nada menos que entre una niña y un gigante¡¡¡, (políticamente muy incorrecto), de solidaridad entre individuos, no acaba de ser bien recibido. La película es muy hermosa, toda la secuencia del árbol de los sueños merece pasar a la antología de las más bonitas vistas en una pantalla, aunque en otros momentos no duda en caer en una cierta fealdad buscada. Pero el film tiene un problema: los protagonistas no producen gran empatía (no he leído el cuento, asi que no se si esa falta de empatía está ya en la narración de Roald Dahl). Sofia es una niña demasiado lista para ser niña, el amigo gigante es demasiado blando para ser un gigante. Entonces ¿Qué le encuentro yo para decir que me gusta? Lo primero la misma historia. Este es un cuento de dos marginados, Sofia en su mundo de huérfanos, el gigante bueno y vegetariano en su mundo de gigantes malos. Entre los dos acaban por formar un nuevo ser, el sofigigante si quieren, que conseguirá acabar con los malos gigantes e incluso acabar con la soledad de Sofia. Por otro lado, me gusta mucho el ritmo de la película, es pausado, sin sustos, lo que la hace mas difícil para los niños y, según como, para algunos adultos que necesitan un movimiento continuo. También me divierte mucho todo lo que pasa en Buckingham Palace con una reina madre con rulos y en bata; me gusta que sea la reina, en estos tiempos de tanto desprestigio de las monarquías, la que ayude a Sofia y su amigo a acabar con los malos gigantes comeniños.  Me cansa un poco la música, no porque no sea buena, sino porque está demasiado presente. He explicado un poco porque me gusta y porque creo que no gustará. Ahora, que cada uno decida.




(esta acuarela de Ramon no desentonaría en la merienda)

Otra rareza es la película chilena La Once, documental dirigido por una Maite Alberdi. Quedar para tomar la once es la manera como en Chile se dice quedar para merendar o para tomar el té. Durante sesenta años, es decir desde que salieron del colegio en 1950 más o menos, un grupo de mujeres de la burguesía chilena se reúnen todos los meses para tomar la once. Religiosamente, sin faltar un solo mes en todos esos años en los que Chile vivió tiempos convulsos y difíciles. Ahora son mujeres mayores, muy mayores. Una de ellas es la abuela de la directora que decidió filmar estas reuniones mensuales durante cinco años, entre 2009 y 2014. Cada reunión viene precedida de un preciosista mosaico de comidas deliciosas que se elaboran y presentan con un lujo versallesco. Las conversaciones entre ellas son a veces banales a veces no tan banales, siempre interesantes. Cuando vi la película no pude menos que sentir simpatía por estas viejitas burguesas  felices y entrañables. Pero cuando acabó, me quedé pensando en algo que me llamó la atención: nunca hablan de política, ni la de ahora ni la del pasado. No creo que estas mujeres ricas, católicas, a las que nunca les ha faltado la merienda de la once, sufrieran mucho durante la dictadura de Pinochet. Más bien me las imagino tocando las cacerolas contra el gobierno de Allende (creo que de este recuerdo me viene la aversión  que tengo a las caceroladas, unidas en mi memoria a la represión más dura) y celebrando el triunfo del general Pinochet. Pero es igual, el tiempo pasa, la gente sigue, Chile sigue y ellas, las que van quedando, siguen reuniéndose cada mes para charlar de todo y de nada.


Dos  noticias y una película
Las noticias son el caos provocado en el aeropuerto de Barcelona por la falta de planificación de Vueling y el doble asesinato seguido de suicidio que ha tenido lugar en la parte alta de Barcelona cuando un mayordomo filipino mató a otro mayordomo filipino y después apuñaló a la directora de una sucursal bancaria, antes de lanzarse a la Ronda del Mig donde murió atropellado. ¡Vaya, escrito así parece el argumento de una película!  La realidad, tantas veces se ha dicho, supera la ficción.

La película es Money Monster de Jodie Foster. Es una película entretenida, Clooney y Roberts están estupendos, pero si la traigo aquí unida a estas dos noticias es porque me ha parecido que había una conexión. Mas de uno y de dos de los  pasajeros afectados por el desastre organizativo de Vueling ha debido tener la tentación de asesinar a los directivos de la empresa. Cosa que quiere hacer el protagonista de Money Monster, Kyle, el joven que se siente estafado por haber seguido los consejos de un programa de televisión sobre inversiones para que comprara acciones de una compañía basura que le ha llevado a la ruina. Por suerte, un  billete de avión no son los ahorros de tu vida, pero lo que pasó el fin de semana puede arruinarte las vacaciones o los negocios o simplemente las ganas de ver a tu familia en otro punto del planeta. No digo yo que haya que seguir su ejemplo, cosa que hizo el mayordomo filipino matando a una mujer por el simple hecho de trabajar en el banco al que le debía dinero. En fin, todo es un poco enrevesado, el cine, la realidad, los engaños de la televisión, la manipulación de los medios, la avaricia de las compañías aéreas o las empresas fantasmas. Todo lleva a que de pronto alguien estalle y PUM. Ya está organizado el lío. Agravado por el calor sahariano que estamos padeciendo y por una creciente sensación de indefensión frente a la estupidez de la clase política.